lunes, 10 de septiembre de 2012

La inexplicable enfermedad de N.

N. se despertó a la hora acostumbrada. Aún faltaban un par de minutos para que la alarma del teléfono se activara , pero un rayo del sol matutino ya se colaba entre las cortinas iluminando justamente su cara. Tras algunos movimientos para estirarse, N. tendió la cama y sacudió las almohadas. Caminó hacia la cocina donde se encontraba el calentador de agua y se dio cuenta de que se había calzado las sandalias. Volvió al dormitorio por ellas y entró a la cocina. El encendedor de antorcha no tenía más gas, por lo que tuvo que echar mano de una cerilla y una servilleta para accionar el calentador para la regadera. Limpió la ceniza que había caído al suelo y se encaminó al baño.

Una vez en el baño, N. abrió la llave del agua caliente y dejó que cayera sobre una cubeta y volvió al dormitorio, seleccionó la ropa que usaría ese sábado y se desnudó. Sacó del armario una toalla y entró a la ducha, el agua estaba en su punto y no se había derramado de la cubeta. Se duchó cuidadosamente tratando de hacer desaparecer por completo un extraño olor a jengibre de sus cabellos y de su torso. Cuando lo logró, salió de la ducha, se secó y volvió al dormitorio, donde se vistió con lo que había escogido. Dejó la toalla en el balcón para que se secara y tomó la maleta que había preparado la noche anterior cuando volvió a casa. Dejó el dormitorio y el baño listos para volverse a usar. Apagó el calentador y salió de casa con la maleta.

En la maleta llevaba lo usual para sus sábados acostumbrados: un lector de libros electrónicos, su computadora personal, una botella de acero para llenarla de agua más tarde y un diccionario. Compró un café y un croissant con jamón y queso en la cafetería cercana a la estación de autobuses y leyó por encima del hombre el periódico de un hombre en una mesa vecina. La televisión matutina daba un programa de concursos. Aún era muy temprano y el café se encontraba bastante vacío. Algunos trabajadores no llegaban aún. N. había identificado ya a los que acostumbraban llegar tarde y a los que se aparecían aún con los estragos de la noche de viernes.

Terminó el croissant y pidió que le limpiaran la mesa. El café seguía intacto, aún estaba muy caliente para el gusto de N. Sacó la computadora y después abrió el diccionario en una página al azar. Con el dedo seleccionó una palabra al azar, la elegida fue "laringitis". N. tenía que iniciar su cuento para la revista en la que trabajaba antes de la noche del domingo y trataría sobre la laringitis. Por más que pensara, todo lo llevaba a la navidad. La laringitis no parecía un tema del que pudiera sacar una buena historia, pero siempre había seguido este método y a sus lectores les encantaba su diversidad de temas. Dio un sorbo al café y dejó la vista perdida en el periódico. De repente, la historia de completó en su cabeza y encendió la computadora.

No abrió el procesador de textos hasta estar seguro de cómo iniciaría su cuento. Escribió la primera línea y antes de iniciar la segunda volvió a pensar en navidades e infecciones. Simplemente no podía avanzar. Reescribió la primera línea y comenzó a sudar. Su sudor olía a jengibre. Pensó en la noche pasada. Quería escribir sobre eso, pero tenía la impresión de haber vivido todo a través de un cristal húmedo. Volvió a la laringitis. No hubo éxito.

Después de una hora y media su mano izquierda comenzó a buscar el diccionario en la maleta. Su mano derecha descansaba sobre el teclado como si no se enterara de lo que ocurría. Volvió a fijar la mirada en la pantalla y tomó conciencia del diccionario en su mano. Lo sacó y buscó otra palabra al azar esperando que el resultado fuera diferente, pero sólo hubo un desfile de primeras oraciones acerca de "final", "valle", "sillón" y "hundir".

Había una anciana en la mesa contigua y N. entabló una conversación con ella y le comenzó a contar una de las historias que había pensado. Comenzó mejor que cuando intentaba escribirlas, pero cuando le llegaba el olor a jengibre sus palabras parecían confundirse y sus historias a perder sentido. Confesó a la señora que no sabía cómo continuarlas y volvió a sus pensamientos frente al monitor. Trató de no pensar en lo que parecía gritarse desde su interior, pero . N. fue aceptando paulatinamente que había perdido la capacidad para contar historias y creía entender por qué...

viernes, 1 de mayo de 2009

Mahimata

Mahimata es una historia vieja para los astrofísicos, sin embargo, no siempre fue así. La evidencia de que era un exoplaneta habitado era incontrovertible, sin embargo, los astrobiólogos aseguraban que estaba ya lejos de la ventana de contacto y que, por lo tanto, no habría nada que pudiéramos hacer para comunicarnos con ellos; después de varios intentos sin éxito, se había comprendido que llegaba un punto en las civilizaciones en las que su biósfera era sustituida por una tecnósfera o la devastación de los recursos naturales los hacía extinguirse. La primera expedición hacia el planeta les dio la razón.


El crucero estelar dispuesto a establecer contacto con los Mahimatianos era único en su tipo, pues podía aumentar su velocidad poco a poco, pero de manera sostenida hasta alcanzar, en un corto tiempo, para los estándares de la época, una aceleración asintótica a la de la luz. Además, se contaba con que, a pocos años luz de Mahimata, se encontraba un hoyo negro en el que, si el crucero podía ubicarse en el borde de gravedad, le ayudaría a regresar a la Tierra tan sólo siete años terrestres después de haber despegado.

Así, el crucero Rama viajó hasta las cercanías del sistema en el que se encontraba Mahimata. Lo que los sorprendió fue lo errados que se encontraban los satélites que monitoreaban esta parte del universo y lo similares que eran el Sistema Solar, y en el que giraba Mahimata. Al aproximarse al planeta, su asombro fue tal que muchos de los tripulantes estaban convencidos de haberse salido de la elíptica y no haber salido nunca de la Tierra. Los dos planetas eran idénticos vistos desde media unidad astronómica.

Sin embargo, los exploradores que el Rama envió para tomar mediciones más precisas de la actividad viviente y de las construcciones de sus civilizaciones mostraron las diferencias entre los dos planetas. Mahimata había sufrido un invierno nuclear en algún periodo de su historia, y después de eso, parecía que la vida había recobrado poco a poco todo el planeta; a las imponentes mega ciudades que poblaban la Tierra, Mahimata les oponía verdes bosques de árboles de alturas jamás vistas por la tripulación.

Pasaron los siete días que el protocolo de contacto exigía para determinar si un planeta albergaba vida, y no había ocurrido nada en la superficie que los alentara. Los sensores térmicos sólo eran alterados por las tormentas que azotaban la superficie. Fue cuando el capitán recordó que mientras estuvo en la Academia, escuchó al Jefe de la base decirles que si querían ser pioneros, debieron ser oceanógrafos, pues se sabía más del espacio exterior que del fondo del mar. Con esa idea en mente, decidió formar una pequeña expedición para descender al planeta.

La expedición tenía sistemas rudimentarios para realizar su trabajo. Utilizaron un improvisado submarino hecho de nanofibras y un radar sonoro y térmico para fortalecer las lecturas que el casco del submarino registraba. El capitán, ansioso por conocer los resultados, tenía siempre al alcance los monitores de las actividades de la expedición. El protocolo consideraba tres días de extensión en la investigación si se tenía sospecha de que el contacto podría realizarse. El capitán sólo tenía una corazonada, y le iba la carrera en ella, así que suspiró de alivio cuando, en el tercer día, la expedición dio un resultado que solucionaba muchas preguntas, que tuvieron veloces reemplazos, las ciudades eran inmensas fortalezas submarinas.

Sin el efecto aislante que el océano les brindaba a las ciudades submarinas de Mahimata, una segunda expedición pudo obtener lecturas térmicas de las actividades realizadas en su interior. El capitán decidió que las maniobras de contacto deberían iniciarse: se probó con todo. Desde señales luminosas a microondas. Incluso se simuló un ataque contra las fortalezas acuáticas que parecían no inmutarse. Los medidores de actividad seguían teniendo un curso normal: no era que no hubiera nadie en el planeta; era que nadie se preocupaba por el mundo exterior.

Después de terribles experiencias, el protocolo exigía la terminación de las acciones de contacto después de probarlas todas meticulosamente y de darle un tiempo de respuesta a las civilizaciones para responder. El tiempo pasó y la operación se convirtió en un fracaso para algunos miembros de la tripulación. Sin embargo, el capitán estaba dispuesto a sacar algo bueno de ella, y ordenó a sus hombres a realizar un reconocimiento visual de la superficie del planeta.

Uno de los pilotos de las naves de reconocimiento era famoso por sus interpretaciones místicas de los fenómenos que ocurrían durante el viaje, y decidió que en lugar de verificar toda el área que tenía encomendada, se basaría en los mapas de la Tierra para saber por dónde buscar. Pensaba que si había lugares naturales para establecerse en uno de los planetas, el otro debería emularlo en por lo menos un caso. Así, descubrió poco a poco, bajo los bosques y las selvas, emplazamientos donde en la Tierra estaban Tokio, Yokohama, Osaka, Kobe, Nagoya, Sapporo, en todas esas regiones había ruinas que la naturaleza había reclamado para ella.

Cuando compartió sus descubrimientos con el resto del escuadrón, rápidamente fueron identificados las mayores ciudades del planeta Tierra. Los ingenieros astronómicos trabajaron durante toda una semana frente al ordenador para descubrir lo que el sentido común le decía a toda la tripulación desde el regreso de las naves de reconocimiento: Mahimata era el futuro de la Tierra, después de la especie humana haya cerrado su ventana de contacto y dejara de observar a las señales más allá de la tecnósfera que la rodeaba ahora.

Por supuesto que el protocolo no decía nada acerca de esto. La curvatura del espacio-tiempo les había jugado una mala pasada y por eso se trató de minimizar el impacto científico de haber logrado viajar a un futuro y de regreso aunque sea de forma accidental y sin siquiera poder determinar cuántos años hacia adelante habían avanzado. El capitán recibió una medalla y los astrobiólogos, el beneficio de que un panel conformado por expertos pudiera detener cualquier expedición de la agencia.


viernes, 6 de febrero de 2009

Foto


cursi

Me mudé

Mi blog http://gato-negro.spaces.live.com se muda a esta nueva dirección. He seleccionado algunas entradas para poblar este nuevo blog.

lunes, 21 de enero de 2008

Pastel de durazno

Esto de los "ergos" siempre se me ha dificultado. Cuando era chiquillo cada vez que cumplía años les pesaba a mis padres el ergo de hacerme una fiesta de cumpleaños de la que seguramente tendría muchos recuerdos cuando fuera grande. Claro que los tengo: buenos, malos y de esos que hacen un chirrido si les unes los cables. El más indeleble de los recuerdos tiene que ver con escoger los pasteles. Siempre tenían mucho merengue y en ocasiones llegaban a excesos ridículos como representar una cancha de soccer con todo y jugadores. El resultado de esos derroches de creatividad repostera era más que nada desagradable. No recuerdo a alguién (sin obesidad) que se comiera de buen modo el betún verde o rojo que algunos pasteles tenían.

Sin embargo, no se debe juzgar sólo el exterior de las cosas; el interior de los pasteles de aquellos tiempos era también desastroso. Los rellenos de los pasteles de mi memoria podrían competir en alguna feria de lo extraño, pues todos tenían por lo menos un sabor irreconocible, al que podemos llamar "el factor sorpresa" de todo pastel de fiesta. Desde mermeladas de "parece piña" hasta la astucia de un repostero que pensó que kiwis y uvas eran una combinación ganadora, sólo hay un relleno que recuerdo con agrado: el durazno.

Ayer partí mi pastel de cumpleaños y como tuve poco poder de decisión sobre la comida, elegí comprar pastel de tres leches de durazno. Estaba helado y riquísimo. Aún queda buena parte, creo que no sobrevivirá hoy.

Christian Pichardo
21 de enero de 2008

lunes, 17 de diciembre de 2007

Sacapuntas

A veces te pensaba como una de esas niñas que jugaban a formar figuras con la basura del sacapuntas. No podía evitar sentir lástima y alegría por la madera de los lápices. Creía que para el grafito, su amarilla armadura, era sólo una cubierta que se tiene que ir para que pueda usarse. Cuando te lo comenté, ocurrió lo mismo de siempre: una palmadita y un abrazo (creo que algún día me voy a cansar de que me trates como a un cachorrito) y te solidarizaste con el grafito. Según tú, era un pacto firmado desde la misma creación del lápiz: la madera lo cubriría y el grafito sacrificaría una parte de su ser cada vez que se desprendiera de un poco de madera.
Salimos a cenar con Natalia y le contaste. Esa mujer todo lo convierte en lucha de géneros y con su agudeza de armadillo, pensó que yo era un macho encubierto, y que me sentía tu inútil protector esclavizado. Le dijiste que a veces los hombres dicen sólo lo que dicen y nada más, pero la duda se te sembró. Esa noche, esa mujer tan sola y amargada colocó los primeros polvos de pólvora de lo que vino después...



sábado, 1 de diciembre de 2007

Síndrome de Otto

Es bueno que las vidas tengas círculos, lo malo es que la mía tiene curvas no cerradas y no simples. Mi presente y futuro se intersectan con mi pasado en los puntos en los que siempre tengo que llegar tarde. Nací un día después de lo que lo debí hacer y jamás he logrado recuperar ese día perdido: En los ascensores, llego cuando se acaba de cerrar la puerta; encuentro a las personas que quisiera encontrar dos meses después de olvidar por qué las buscaba; amo cuando me han dejado de amar y descubro, de cuando en vez, que me he comido algo días después de caducar.

El resultado es una personalidad pusilánime bautizada por el famoso psicólogo Tertelich como individuo cochinilla: desconfiado y hecho bolita al menor contacto. Al saber que, aún siendo puntual, llegaré tarde a todos los sucesos de mi vida, mi ser de crustáceo isópodo terrestre ha buscado todo tipo de explicaciones y ha aceptado todas: el buddhismo dice que me apego a las cosas del cuerpo y del mundo de los hombres y por eso no disfruto el momento en el que llego a mi propia vida; el cristianismo, que todo se debe a mi falta de fe, esperanza y caridad; el new age, que quizá fui un caballo sin una muela en otra vida y llegar tarde es sólo un recuerdo de esa vida y la cienciología ha hecho mutis al respecto.

Sea cual sea la verdadera razón, lo cierto es que debo ver desde una nueva perspectiva: siempre llego a tiempo para estar tarde.

Christian Pichardo

lunes, 22 de octubre de 2007

El fin del mundo

Se nos acaba un mundo al dejar de ver a alguien a quien se ama. Algunos optimistas podrán creer, como los aztecas, que el mundo se acaba y después de una breve etapa de oscuridad comienza de nuevo. Otros comprendemos que no es así, el mundo se muere y nunca volverá a ser el mismo. Nuestros planes demuestran su naturaleza de ilusiones y poco a poco se borran. Es una tragedia. Nuestros hijos, nietos y bisnietos se mueren y su lugar es ocupado por extraños fantasmas de forma desconocida que después tendrán rostro y nombre, pero, por el momento, son usurpadores. Nuestra casa se derrumba sin dejarnos salir de ella. Por eso se siente ese peso. Algunos consiguen un pico para ver qué recuperan de los escombros, alguna fotografía que les ayude a recordar lo felices que fueron.

Para no destruirse al mismo tiempo que el mundo, algunos recomiendan comprar tiempos compartidos en la luna o en Rhea o en algún planeta recién descubierto y entonces lanzar un dardo preciso al mundo para acelerar el final sin llenarse de polvo ni ensuciarse los zapatos. Puede que sea una salida correcta, pero me parece cobarde y peligrosa. Poner un pie en un nuevo mundo a veces es encender el botón de su destrucción.

Yo soy de la opinión de que si ese mundo fue construido en parte por uno, debe ser evacuado para no tener damnificados. Sin embargo, nunca he respondido por los que decidan quedarse en el barco. A veces, incluso, los expulso del mundo antes de que se convierta en un puntito insignificante y por eso me llaman fascista y cosas peores. Pero al poner sus piecitos en tierra firme, deciden que quizá no estuvo tan mal. Nunca lo sé, no recibo postales de gratitud muy seguido.

Cuando los mundos se derrumban, los astrónomos pueden salir a sacar medidas de todo lo queda. Meten grano a grano al universito destruido en un dedal especial y entonces lo pesan. Lo médicos multiplican por tres la medida obtenida y la recetan en unidades de llanto. Se toman antes de dormir y después de cada comida. Si se abusa del remedio, puede haber complicaciones como escuchar la misma canción por días enteros o consumir helado en cantidades industriales.

Si se presentan complicaciones lo peor es ir a una agencia de viajes. Viajar a otro mundo es muy peligroso: la melancolía por el hogar prohibido puede ser fatal y causar fallas cardiacas. Algo que tampoco se recomienda es contratar decoradores de interiores para reproducir nuestra casa derrumbada. Las habitaciones solitarias pueden albergar plagas e incluso fantasmas.

¿Qué hacer entonces? Nadie lo sabe, pero lo que más ha ayudado es hacer cantos patrios hasta olvidar que en nuestro mundo destruido había incompletitud y relatividad y hambre y guerra y peste y muerte. Pensar que florecían los girasoles y los hipopótamos soñaban con saltar es lo único sano que nos queda por hacer...

Christian Pichardo

miércoles, 12 de septiembre de 2007

Afluente

Avanzábamos, pero no lo hacíamos en el modo en el que hubiéramos adivinado antes de iniciar la travesía. Nuestro modo de avanzar era no retroceder mientras los otros daban vuelta. A menos de cincuenta metros de nosotros estaba el traicionero río con sus habitantes temporales. El objetivo parecía claro cuando todo era parte de un mapa y hablábamos como en ensoñaciones sobre el viaje. El río carecía de valor, nos interesaba lo que había detrás de él. Sin embargo, ahí estaba, majestuoso, invitándonos con su calmado sonido a entrar en él para quizá no poder salir después. El resto de nuestros compañeros decidió dar la vuelta y yo estaba de su parte, mas, Carlos me hizo dudar y continuamos de frente, a la sombra de las bestias de carga. De pronto, decidimos avanzar un poco más. Salir del anónimato que las sombras nos regalaban y presentarnos ante el río y su poder. Entonces ocurrió lo impensado: ante nuestros ojos se comenzó a desecar un tímido vado que había estado oculto por la crecida de las aguas. Arreamos a las bestias y pasamos velozmente, adelantando a la expedición y a nuestra competencia...

Suena como relato de aventuras victoriano, ¿no? La verdad es que eso ocurrió el día de ayer después de la escuela. Carlos y yo le dimos un aventón a Odette y después tomamos San Antonio para subir al segundo piso. Apenas cruzamos el semáforo nos dimos cuenta de que no había retorno. El deprimido que cruza periférico estaba tan inundado que apenas si sobresalía una parte de una pipa de gas que se quiso hacer la valiente y sólo logró quedarse ahí varada. Apagué el coche y empezamos a platicar de cualquier cosa para matar el tiempo. El taxista de junto aprovechó para cambiar una llanta que se le había picado. Un camión de boing estaba enfrente de mí y no me permitía ver lo que se estaba gestando en las retorcidas mentes de unos taxistas.

Decidieron que la mejor estategia para salir era llegar al encharcamiento y dar la vuelta en "U" formando una fila india. Dado que todos lo hacían y que los qu eno lo hiciéramos estaríamos estorbando este intento de salida, acepté la propuesta y avancé poco a poco. Carlos me dijo que no le parecía buena idea y me dejó pensando un poco. Me bajé del auto y fui a ver que iba a hacer el conductor detrás de mí. Era una mujer que me adviritó que del otro lado también estaba cerrado y que la única forma de escapar era esperar.

Saqué la compu para jugar un poco con Carlos. Estábamos escogiendo equipos en el FIFA 07 cuando se acabó la batería y no nos quedó más que empezar a enloquecer. Estoy seguro que por su mente pasaron ideas dictatoriales y caníbales que lo convertirían en el tirano del embotellamiento. Sin embargo, no les hizo caso y mejor nos asomamos a ver que noticias nuevas de daban. Entre la inundación y nosotros sólo quedaba el camión de boing y fue en ese entonces cuando, después de hora y media lograron desazolvar la salida a la lateral de periférico que nos ayudó a encontrar una ruta alterna para llegar a nuestras casas.

La moraleja de toda esta historia es: "No dar aventones".

lunes, 11 de junio de 2007

El arte del leñazo

Según el diccionario Palou de mexicanismos futboleros, leñar es hacer una falta, generalmente innecesaria, para reducir la efectividad de un rival. Los leñadores se encuentran generalmente adelante de los defensas centrales y en ocasiones son llamados rompepiernas, carniceros, hacheros, cepilladores o talladores. La frase de batalla de un leñador es sencilla: "O pasa el balón o pasa el jugador, pero juntos, jamás". Esta peculiar manera de entender el futbol ha sido critícada en muchas ocasiones, sin embargo, el crítico y estratega futbolístico Jan Musergrave siempre ha defendido el leñazo como acción elemental de juego y ha alabado a los "artistas del leñazo", guerreros que saben administrar sus tarjetas amarillas e intimidar al rival sin necesidad de lastimarlo.
¿Cómo se logra una falta perfecta? A decir verdad, requiere de mucha paciencia y de tener una formación ofensiva. Mientras más piense el leñador como delantero, mejor podrá anticiparse a su jugada. Explicaré algunos ejemplos clásicos.
El saque de meta.
Cuando el balón está en el aire, hay un pequeño momento en el que el cuerpo arbitral voltea a ver el balón para saber a quién debe cuidar. Ese es el momento en el que el leñador debe aprovechar para ponerse atrás del receptor. Recuerde, no debe anticipar la recepción, sino impedir que pueda hacer algo con el balón, y si es posible, golpearlo "con la inercia de la jugada" para que el delantero recapacite y decida pedir su cambio. Abra los brazos para que no le marquen ningún empujón y empuje con el pecho intermitentemente. Es importante pisarle el calzado al rival que seguramente estará de espaldas. Entre tantas piernas no hay árbitro que pueda saber si es falta o es un movimiento legal. Justo cuando el balón esté muy cerca, retírese, acá ocurrirán dos cosas: o se destantea el rival y pierde de vista el balón o usted podrá ponerse a su lado, desplazarlo con el hombro _mientras_ le pisa un pie. Esto hará que tenga uno o dos segundos de ventaja para cabecear el balón.
El desborde.
Algunos jugadores "técnicos" sugieren ir arrinconando poco a poco al atacante con un buen uso de los perfiles. En realidad es intracendente. El carrilero es el peor enemigo de un buen rompepiernas, pues su habilidad y velocidad superan a muchos de los leñadores conocidos. Pero no hay razón para preocuparse. Si quieren desbordarlo sígalos de cerca y justo cuando esos presumidos traten de meter un cambio de juego dé media vuelta y crucese entre el balón y el rival. Es importante recalcar que sólo los genios pueden acelerar con el balón pegado al pie y ante ellos sólo queda gastarse una amarilla. El resto de los jugadores tiene que adelantar el balón para correr, como carrilero, esa debe ser la señal para atacarlo.
La cobertura.
Los leñadores existen por una sola razón: la incapacidad de los laterales y los medios para cortar el avance de los rivales. Cuando un rival logre evadir a uno de sus compañeros es muy probable suy confianza aumente y quiera hacerlo de nuevo. Aproveche su avaricia para darle una buena "educada". Corra en diagonal, recuerde que las faltas por detrás son de tarjeta, pero no las que se hacen en diagonal. cuando esté cerca de él, tome vuelo y bárrase. Procure hacerlo de tal manera que toque al jugador con su espiillera y no con los pies. Lo más importante no es tocar el balón, sino que parezca que lo toca, por eso, no se barra con los pies extendidos, sino que haga una suerte de cucharita con ellos para realizar la falta _y_ quedarse el balón. Esta jugada requiere mucha práctica, pero, una vez dominada, es de las favoritas en el repertorio de un hachero.
Recuerde que estas son sólo sugerencias para algunas jugadas. No permita que su imaginación hacheril se vea truncada por ellas: mientras menos sepan cómo les faulearemos, más se intimidarán.

Christian Pichardo
11 de junio de 2007

martes, 29 de mayo de 2007

Descubrimiento Absurdo

Mi abuelo se apellidó Pichardo Flores.
Mi papá se apellida Pichardo Rosales.
Yo me apellido Pichardo Piña.
Por probabilidad, me casaré con una mujer con apellido vegetal.

Christian Pichardo

viernes, 11 de mayo de 2007

La gota azul

Cuando las luces de nuestros soles se apagan, prendo un poquito las luces del laboratorio de vida artificial. Los mayores no nos permiten entrar mas que en esos pequeños instantes. El tiempo se detiene para los que viven en nuestras miniaturas. Su mundo se anima con la energía de nuestros soles y sólo durante las noches podemos actuar sin afectar completamente el experimento.

Sayra'an tiene un cultivo nuevo. Tiene apenas cuatro noches y se ha divertido mucho con él. En cada noche, mientras se interrumpe la actividad, coloca las más recientes creaturas de Arzima'an en una esferita azul del cultivo. Comenzó con las micromáquinas catalizadoras y los degradadores de biomateria, que parecen transportes autónomos. Cuando descubrió que la esfera estaba completamente fría y las bestiecitas se unían en colonias le agregó la muerte al sistema para que no colapsara por saturación. Sin embargo, cada noche, sigue agregando creaturas para diversificar el experimento.

Durante la noche pasada agregó pequeños arteguizos obtenid.os de la recombinación de fósiles para entender un poco el pasado de nuestro planeta. Todos en el Kar-aljamar estamos muy preocupados. Los arteguizos han sido hostiles todo el día. Creemos que nuestros antepasados se destruyeron unos a otros y eso no nos brinda ninguna respuesta. Si ellos desaparacieron, de dónde venimos y qué pasará mañana cuando Sayra'an modifique su mundo.

Christian Pichardo


miércoles, 6 de diciembre de 2006

Koyaanisqatsi, una vida que clama por otra manera de vivir

¿Has nacido tú el primero de los hombres?

¿Se te dio luz antes que a las colinas?

¿Escuchas acaso los secretos de Dios?

¿Acaparas la sabiduría?

Job 15,7-8

En nuestro mundo lo "original" es la proliferación de lo estandarizado.

Godfrey Reggio

Se cuenta en Occidente que el hombre nació de Adama (“Tierra”) y que, por eso, se llamó a sí mismo “Adán”, reconociendo su origen. En algunos mitos hebreos, se menciona que Dios mandó a sus ángeles al ombligo del mundo y a los cuatro puntos cardinales a recoger el polvo para crear al hombre. Sin embargo, la Tierra se negó, porque sabía que por culpa del hombre sería maldita. Fue el momento en el que Dios decidió extender su mano para tomar Él mismo los elementos para crear a Adán. Terminada la creación de Adán, todos los seres vivientes se acercaron a él, con temor, confundiéndolo con su creador. El hombre los nombró a todos compitiendo con el mismo Lucifer y así logró tener el mandato sobre todas las criaturas.

Claro que esta historia no fue contada por un caballo o una cochinilla y, por supuesto, no termina ahí. La serpiente, un animalito tan curioso, lo hizo dudar y Adán sucumbió. Dios redujo su tamaño más de mil veces. El hombre olvidó su nombre y con él su origen, se nombró “ser político” y después “ser racional” y “homo sapiens sapiens”. Cambió a la Tierra por la sociedad humana y, a continuación, por su razón. Construyó máquinas fantásticas y manuales de buenas costumbres. Diseñó tenedores para ensalada y resorte para calzoncillos. Inventó los fuegos artificiales y las armas y con este nuevo cuerpo que se construyó para remplazar el que Dios le había reducido, se convirtió en siervo de la muerte y destruyó todo lo a que su nuevo “origen”, la razón, le resultara ajeno y extraño.

La ilusión se apoderó de él, y en sus ojos y oídos se derramó brea. Acabó con muchas de las criaturas a las que había nombrado y convenció a los pocos hijos de la Tierra que quedaban de ser unos primitivos. Los hizo vivir en la razón y los condenó a la miseria y al hambre cuando los alejó de su modo de vivir. Inventó el derecho, la propiedad y los juzgados y entronó a sus más interesantes elementos como gobernantes y estrellas de cine. Inventó el dinero y vendió su alma. El hombre (y la mujer, para las orgullosas feministas) se convirtió en su propio admirador. Creó el concreto, el acero y los multifamiliares, remplazó las praderas por campos de futbol y los lagos por albercas con calefactor (e instructor de natación). Construyó su mundo, a imagen y semejanza, y como vio que era racional, lo bendijo y dijo: sean el hambre, la peste, la guerra y la muerte, y como vio que eran racionales, las bendijo y les dijo, sean fecundas y multiplíquense.

En este simulacro de mundo en el que vivimos, ¿acaso la naturaleza ha dejado de existir? ¿Es el turismo nuestro único modo de acercarnos al origen? ¿Vamos por buen camino? ¿Las ciencias nos llevarán infaliblemente al progreso y al bienestar? ¿Hay todavía un regreso? La naturaleza es el camino, la ciencia nos ha demostrado una y otra vez que sus caminos están incompletos y que es en el mundo natural donde ocurre todo sin un guión preestablecido, donde el azar y el movimiento reinan y la multiplicación de la vida ocurre. La naturaleza no es fordiana, no hay dos pétalos iguales como en el simulacro humano en el que las cosas más “alternativas” están hechas para millones de personas. Hay quienes creen que este mundo, cuya superficie está conformada en 75% por agua, fue hecho para el hombre, que carece de branquias. ¿Por qué seguimos pensando que somos la culminación de la creación?

Koyaanisqatsi es una palabra de la lengua hopi, y puede significar vida loca, vida en tumulto, vida en desintegración, vida desequilibrada, o simplemente una vida que clama por otra manera de vivir. Todas estas acepciones parecen la descripción de la vida moderna. El ritmo desenfrenado de nuestras sociedades, las multitudes carentes de convivencia, la desintegración de las familias y la polarización de las sociedades junto al desequilibrio ambiental que nuestras acciones irresponsables causan nos han llevado a un punto critico, el último retorno en el camino de la destrucción humana, o, como el pueblo hopi le llama, la depuración de la vida en la Tierra.

Los indios hopis, que acuñaron el término Koyaanisqatsi, han profetizado dos eventos, después de los cuales habría tiempo para corregir el rumbo y volver a las leyes de la Tierra, las dos últimas señales. El primero de ellos sería el hambre en los pueblos que el hombre considera primitivos, a los que obligó a alejarse de la naturaleza para “progresar”; el segundo, sería el agujero en la capa de ozono y las inundaciones. Este es el punto crítico, si no reconvenimos, no habría retorno, sólo la gradual desaparición de los recursos, y la guerra por los restantes, que causaría el fin de la humanidad. ¿Por qué valorar una profecía? Porque representa los temores de un pueblo ajeno al simulacro de mundo occidental, del “american way of life”, porque representa las voces de todos aquellos que no viven en ese mundo artificial, y que no quieren ver como la destrucción del mundo los alcanza.

Hemos dado la espalda a la naturaleza, rompiendo el débil equilibrio entre todos los sistemas interconectados en ella. La vida en la Tierra es un milagro y, hasta donde sabemos, es irrepetible. Se conocen cientos de sistemas estelares y ninguno tiene un planeta que reúna las características para alojar al ser humano o a la cucaracha. ¿Acaso la máquina de vapor nos ha hecho más felices o la Revolución Verde ha desaparecido el hambre del mundo? Cada reemplazo de tecnología obsoleta, en esta vida loca, supone el deshecho de toneladas de basura. El monstruo hambriento de millones de bocas se acaba, bocado a bocado, a la Tierra. La humanidad mata a de hambre a sus nietos para alimentar a sus hijos.

La distancia entre el monstruo humano y los lugares de producción de sus provisiones es uno de los mayores causantes del mito de la abundancia, y también de la idea de progreso. El que come carne hoy, probablemente sólo haya visto una vaca mientras conduce por una autopista; el que utiliza el televisor y el radio al mismo tiempo o no desconecta sus aparatos al salir de casa, no conoce el verdadero costo de producir la electricidad. El que limpia su coche a manguerazos seguramente no conoce a las mujeres del Cutzamala que vieron como su río era entubado para satisfacer al monstruo convertido en metrópoli.

La vida en la ciudad moderna, cuando es exaltada, recibe el trato de una jaula de oro. Aparece ante los ojos de sus defensores como una vida hermosa, fuera de la cuál no hay nada que ver; una extraordinaria existencia llena de comodidades, libertad y anonimato, incluyente y permisiva a la vez. Donde podemos construir nuestras identidades, amar intensamente y disfrutar el arte globalizado. Suena hermoso, pero una jaula, es una jaula. Y los barrotes de ésta son cadenas de montaje: líneas de producción de originalidad, de libertad y de amor. La ciudad moderna, y su máxima expresión, la ciudad global, es la principal productora de recetas de todo tipo. Existen recetas para caminar, para degustar la comida, para vestir, para bailar, para parecer anómico, para aparentar que no se sigue ninguna receta, en fin, la vida moderna nos proporciona recetas hasta para amar. Estas recetas se producen al por mayor, así, no es difícil encontrarnos en la calle con personas cuya máxima originalidad consiste en parecerse sólo a cinco mil personas. ¿Escapar? Claro que no, porque una vida así es una jaula, y escapar aparenta ser la muerte. Amar al simulacro es no querer destruirlo.

Cuando permanecer en el simulacro de la razón acelerando la destrucción del medio ambiente, y abandonarlo para tratar de revertir los efectos de nuestra irresponsabilidad son las opciones entre las que debemos elegir, la decisión se hace más sencilla. Sin embargo, para tomar esta decisión requerimos aceptar que es una medida urgente y que cada día que pasa es un día que dejamos que el problema se acentúe y que nos acercamos al punto de no retorno. La tecnología debe de servir para corregir sus errores, la política para aceptar sus limitaciones y la sociedad para movilizarse en un esfuerzo sin precedentes contra nuestra autodestrucción.

Nadie propone abandonar la tecnología. El problema no está en que usamos la tecnología, sino en que vivimos la tecnología. La tecnología se ha vuelto poco a poco el aire que respiramos, la pradera en la que corremos, el amor en el que amamos, la comida que nos alimenta, el arte que nos inspira, la información que nos confunde y el sentido de toda nuestra vida. Ya no vivimos la naturaleza, ni siquiera vivimos en la naturaleza, vivimos sobre ella, fuera de ella, negándola a cada segundo, incluso, muchos de nosotros seríamos incapaces de sobrevivir en la naturaleza una temporada, jamás desocultaríamos el secreto de la vida que se esconde en ella.

Lo que propongo es lo siguiente:

Una campaña urgente de concienciación, utilizando las tecnologías de información, sobre el apremio de enfrentar con gran brío la que podría ser la última lucha de la humanidad: Cada vez es más sencillo hacer que una idea circule por todo el mundo por Internet y que se alimente con las opiniones de personas que enfrentan retos locales y que tienen por ello una perspectiva distinta.

El acercamiento de la sociedad a los medios de producción y la descentralización de los medios urbanos: Conocer el proceso de producción de nuestras provisiones y estar relacionado directamente con él nos sensibilizará contra su desperdicio. El que ha engordado a la vaca, no desperdiciará una parte de ella por considerarla inútil.

El rechazo a las líneas de producción, que deberá estar unido al desarrollo de herramientas adecuadas para que el hombre explote su creatividad en los procesos productivos con los que estará más relacionado: La ley de la tierra es la multiplicación de la diferencia; la ley de la producción humana deberá tomarla como ejemplo.

El establecimiento de redes de acción que compartan experiencias y denuncias sobre problemas locales y se fortalezcan para presionar a los gobiernos que no se solidaricen con la supervivencia de la humanidad: Muchos movimientos sociales han triunfado porque se han visto respaldados por la fraternidad y la acción de grupos e individuos afines alrededor del mundo.

Escuchar las opiniones de los pueblos “primitivos”, sin sentir por ellos el afecto por el buen salvaje ni el deseo de regresar a Adán. No más vitrinas para que los pueblos de la Tierra sean atracciones turísticas: El mito y la profecía son símbolos de pensamientos reales, de una verdadera crítica y deben ser valorados en su justa medida.

El despertar de la conciencia planetaria: Compartimos este mundo con millones de especies que merecen ser valoradas no por su utilidad para el hombre sino por su inconmensurable valor para el equilibrio ambiental.

El despertar de la conciencia social: Si el hombre se ha llamado en el pasado “ser político” es momento de demostrarlo, toda desigualdad social fomenta el aprovechamiento absurdo de los recursos naturales y el consumismo. Brasil, México y China han degradado su ambiente a la par que han hecho más profundas sus desigualdades económicas. Los habitantes de las regiones pobres, con alta biodiversidad, venden los productos estimados en el mundo por su rareza (aves exóticas, pieles de felinos, etc.) y los habitantes de clases medias y altas se entregan a un frenesí de occidentalización, adquiriendo todos los productos del “american way of life”.

El despertar de la conciencia individual. El hombre, que puede llenar el cuerpo que la tecnología nos ha aumentado con un “alma” sabia, podrá utilizarla para bien de la vida.

El desarrollo de tecnologías útiles para el hombre, que remplacen los combustibles fósiles y aprovechen las fuentes renovables de energía. El cese de toda prueba nuclear es imperativo.

Si no cambiamos el rumbo de la humanidad, si por egoístas o cobardes pensamos que nada puede ser cambiado, que nuestras pequeñas acciones no pueden hacer una gran diferencia, entonces todos perdemos mucho más de lo que imaginamos. Puede que parezca una utopía salvarnos del desequilibrio ambiental siguiendo estos consejos, pero me parece más ingenuo pretender sobrevivir en este ritmo de vida, que clama a oídos sordos por una nueva manera de vivir.

Christian Pichardo


miércoles, 20 de septiembre de 2006

La danza de las cochinillas y mariquitas

El origen del único baile que realizan los crustáceos isópodos terrestres, de uno a dos centímetros de largo, de figura aovada, de color ceniciento oscuro con manchas laterales amarillentas, y patas muy cortas y las coleópteras del suborden de los Trímeros, de cuerpo semiesférico, de unos siete milímetros de largo, con antenas engrosadas hacia la punta, cabeza pequeña, alas membranosas muy desarrolladas y patas muy cortas es bastente incierto.
Algunos distinguidos entomólogos aseguran que, gracias a unos fósiles, se puede hablar de esta peculiar danza desde la aparición de estos bichos en la Tierra. Otros los desmienten y sostienen que aquellas evidencias, son tomadas del baile que realizaban unos primos lejanos de estas especies. Lo que se sabe de cierto, es que esta danza no puede se enseñada y representa tanto la dualidad del universo, como el placer terrenal y, que bien interpretada, une a estas creaturitas en una sola por un momento.
El fósil del doctor Lang, llamado, por razones desconocidas, "Los amantes de Pompeya", muestra a un cochinilla que danzaba con una mariquita o catarina cuando se vieron sorprendidos por la lava del volcán Vesubio. La imágen nos esclarece algo sobre la danza: se necesitan dos para bailarla; requiere de un esfuerzo físico de moderado a grande; genera en los bichitos un gran apetito y requiere, como toda buena danza, de un periodo previo de acercamiento al bichito colaborador.
Hace cuatro siglos, en una cueva, se encontraron pinturas rupestres que indicaban el caracter central de éste baile en las comunidades primitivas de estos animalitos. Aún no se alcanza a comprender cómo, pero parece que, en aquellos días, la danza tenía un doble objetivo, que se considera ligado con la veneración de la fertilidad y los ciclos de la Tierra. Un equipo comandado por el doctor Fuyita, presentará el próximo mes su teoría sobre los orígenes de esta danza que se reproduce por todos los jardines y las paredes rocosas sin tener mucho en cuenta ni su orígen ni su futuro.

Christian Pichardo

martes, 19 de septiembre de 2006

Agendas

La gente desordenada, como yo, abunda. He conocido muchas personas que comparten esa característica conmigo. Algunos se han rendido y han dejado de luchar contra ella; otros, han decidido contrarrestarla con el uso de unos simpáticos artilugios llamados agendas.
Una agenda consiste en un conjunto de hojas de papel ordenadas, en las que cada página corresponde a un día o una semana. Estas hojas están divididas en los doce meses del año y pueden tener algún motivo en especial, como Mafalda, los 2000 pensamientos de Paulo Coehlo o los cuadros de M.C. Escher. Algunas, como las de mi amiga Mitzi, se encuentran llenas de estampitas que sirven para convertir la agenda en un diario y un reporte meloso y cursi de lo que se hace cada día.
Cada vez que conozco al alguien que utiliza este método para no olvidar los compromisos o las labores pendientes, considero la posibilidad de hacerme de una agenda. La última vez fue cuando la citada Mitzi me habló sobre las diferencias entre las agendas que ha tenido y sus corresponientes bondades. Recordé que ese mismo día había olvidado que tendría examen y tomé la decisión de comprar la dichosa agenda.
Cuando fui a la librería para aumentar mi colección de libros por leer, pasé por la zona de las agendas y después de inspeccionar mucho, decidí que deseaba una agenda sin estampitas, con las hojas por semana y que tuviera la menor cantidad de cursilerías, que siempre agregan volumen a las agendas, pero lo más importante, quería una agenda que fuera de Septiembre a Diciembre o, en su defecto, de Julio a Diciembre. Al requerirla a la dependienta, llamó a otra dependienta y esa a su vez a otra, con la excusa de "yo vi una así por aquí". Después de media hora de búsquedas y frustraciones, el gerente apareció con una agenda que cumplía todas las características y tenía unas letras azules que decían: "Agenda semestral, Julio- Diciembre...2005". Ni hablar, parece que esto de las agendas no está hecho para mí.

Christian Pichardo

martes, 12 de septiembre de 2006

La actualidad de la especie

En estos días, es más difícil que nunca ser un crustáceo isópodo terrestre, de uno a dos centímetros de largo, de figura aovada, de color ceniciento oscuro con manchas laterales amarillentas y patas muy cortas. De esos que cuando se les toca, se hacen una bola y se crían en lugares húmedos. A pesar de que esa costumbre, de pésimo gusto, de sacrificarlos para teñir con ellos manteles o plazas públicas de carmín se encuentra en franca decadencia, estos agradables bichos se enfrentan con nuevos y enormes peligros ocasionados por céspedes mal cortados o niños, de todas las edades, que no se pueden resistir a la tentación de tocarlos para hacerlos una bola y jugar con ellos con una hoja de papel o una varita.
Estas prácticas han causado, en las vidas de estos crustáceos, la sensación de estar perdidos en el mundo; rodeados de personas que aparentemente juegan con ellos, desarrollan alguas interesantes patologías: Algunas veces se ocultan detrás de sendos conjuntos de láminas de papel llenas de símbolos y mariquitas; también acostumbran desplazarse en el abdomen de insectos más grandes, parecidos a orugas, y visitar lugares sagrados para su especie. En algunos de ellos se reunen para intercambiar opiniones y técnicas de lucha contra los niños y los céspedes, en otros beben curiosas infusiones que aligeran el alma y sueltan la lengua.
Ocurre a menudo, que uno de estos bichos encuentra en una tienda de escudos o detrás de una vitrina un insecto coleóptero del suborden de los Trímeros, de cuerpo semiesférico, de unos siete milímetros de largo, con antenas engrosadas hacia la punta, cabeza pequeña, alas membranosas muy desarrolladas y patas muy cortas. Es negruzco por debajo y encarnado brillante por encima, con varios puntos negros en los élitros y en el dorso del metatórax. Dedican sus días a calentarse al sol y libar flores de hermosos colores, hasta que vuelven a pasar por una tienda de escudos o una hermosa vitrina.

Christian Pichardo
12 de septiembre de 2006

jueves, 3 de agosto de 2006

Serendipity

Ni un maullido, o quizá alguno ahogado por el agua.
Caminé pensando en que no "descubrir" el cuerpo del delito me haría menos culpable. Lugar común: Lo que tiene menos posiblidades de ocurrir es fatalmente lo que ocurre. Jueves sin agua. Abrí el tambo para lavar los trastes y lo dejé abierto. Salí por leche. Tan bonitas que eran las gotas en posición de fuga que me emboscaron al volver. "No existen coincidencias, sólo lo inevitable" Le dijo el hermano a la profesora en esa serie. Yo ya sospechaba que la gata se subía al tambo para jugar con las hojas del calendario; lo que no sabía es que saltaba directamente en lugar de acercarse por la repisa como parecía natural.
LLegué a la Calzada de Guadalupe, un poco condicionado, lo sé. Rompí el miriálogo del caminante, quizá porque aún me siento espectador en esta ciudad. Libro en mano, esperaba no caerme en algun tambo mientras leía para jugar un poco con las hojas o los días del calendario. Hoy maté un gato, no sé si pueda seguir pensando en mí como un turista o un observador pasivo. Cambio de máscara: Cambio de página. Un hombre (fuera de esta ficción) me habló. Sus dientes eran hermosos, libres e inmunes contra cualquier tipo de regla o guía. Éste es el momento en que el lector espera que me pase "algo", y de pronto piensa que es imposible que sea algo malo y que yo siga feliz de la vida narrándolo. Pista: ¿Cuándo se deja de narrar?. Solución (y no): ¿Acaso estas palabras significan que "algo" se hizo presente, como si la casualiad lo conjurara?
* * *
Pensaba en escribir algo sobe esa gata que tanto molesta a las plagas de la casa. Entonces ocurrió lo de la banca. Eso fue. Eso "es". Fantástica idea esa de ponerle grabados a las bancas de cantera. Recontrucción de los hechos: Un buen hombre, que no pudo separar su amor propio del amor a San Juan de Guadalupe, obsequió unas bancas con una bonita leyenda: "Regalo de Fulanito". Un buen funcionario público que no pudo apartar sus obligaciones laborales de su deseo de aceptación pública respondió al duelo con "H. Ayuntamiento...". Fueron muy románticos, ¿lo sabrán? Dos bancas se rompieron y alguien salió del tambo y decidió pegar las mitades completas de cada banca, que por-lindos-azares armaban una completa. "Regalo dyuntamiento..".
¿Qué decir ante todo esto? Nada ocurrió y sin embargo algo fue, sin maullidos o quizá alguno ahogado por el agua:
* * *
(Para cerrar) Hoy, es 20 de octubre y hace un frío de los mil demonios, debe ser por estar junto a la costa. Miles de peces en extraños cardúmenes se pasean junto a mí. Hay algunos niños adentro de ellos, sin embargo, no saludan a los paseantes.

Christian Pichardo

San Luis Potosí, 3 de agosto de 2006

viernes, 5 de mayo de 2006

Soledad

Qué es esto de saber por ti,
que los peces comen galletas de animalitos,
que bajo los soles de aparador,
la felicidad es siempre ajena y compartida.
Me decías que te pintara como fueras:
una nube gris con corazón de púrpura,
una tormenta de arena en pleno bosque
que todo lo cambia de lugar y cosmos.
Siempre pensé que te acabaría odiando
pero igual me acostumbre a tus pasos
de sombra en corredor solitario
y a las puertas cerradas a mi espalda.
Para qué negarte, niebla de febrero
que caes sobre mi vida como castigo
y libertad de héroe que no se entiende.
No me dejes ahora, sin tí, soledad.

Christian Pichardo

jueves, 20 de enero de 2005

Cumpleaños

Pareciera que esta noche se desgarrara poquito a poquito, que se aferrara con sus últimas garritas (porque es bien sabido que las noches tienen dos pares de garritas en cada costado) como aquella última hoja de almanaque que en realidad es, y ¡chun! de pronto se desprende y es otro escalón en mi vida, otra vuelta del sol sobre acuario, una con un significado especial. Sin embargo, esto me hace pensar en la espera de la próxima noche, escalando la pared para colocarse detrás de ésta y tomarla con un par de garritas para aligerar su caída mientras su otro par debate entre asirse al almanaque y despedir al atardecer. Finalmente su difícil tarea, para la que se ha entrenado toda la vida termina y logra colocarse en el almanaque, y sólo le queda disfrutarse a sí misma. Abre un ojito, a veces sólo hace un guiño y lo hace viajar por el firmamento, observando las calles con sus casas y sus ventanas, metiéndose entre las persianas y cortinas, y finalmente tocando un rostro, un lienzo, un poema. Se da cuenta de que después de tocarlos ya no son los mismos y aprovechando su habilidad recién encontrada y pensando en su corta vida (que sólo dura uno o dos años de hormiga), escoge un rostro en especial, uno que también abra bien los ojos y se encuentre atento. El ojito de la noche se estará reflejando en los ojos del rostro y quizá esos ojos piensen que la luna los sigue, y así será. Las miradas se detendrán y culpables de ser, pensarán en todo lo que hay después de todo y de repente, se darán cuenta de que ambos deben de aferrarse con sus garritas, para saludar al alba y aligerar su caída.

Christian Pichardo