lunes, 10 de septiembre de 2012
La inexplicable enfermedad de N.
Una vez en el baño, N. abrió la llave del agua caliente y dejó que cayera sobre una cubeta y volvió al dormitorio, seleccionó la ropa que usaría ese sábado y se desnudó. Sacó del armario una toalla y entró a la ducha, el agua estaba en su punto y no se había derramado de la cubeta. Se duchó cuidadosamente tratando de hacer desaparecer por completo un extraño olor a jengibre de sus cabellos y de su torso. Cuando lo logró, salió de la ducha, se secó y volvió al dormitorio, donde se vistió con lo que había escogido. Dejó la toalla en el balcón para que se secara y tomó la maleta que había preparado la noche anterior cuando volvió a casa. Dejó el dormitorio y el baño listos para volverse a usar. Apagó el calentador y salió de casa con la maleta.
En la maleta llevaba lo usual para sus sábados acostumbrados: un lector de libros electrónicos, su computadora personal, una botella de acero para llenarla de agua más tarde y un diccionario. Compró un café y un croissant con jamón y queso en la cafetería cercana a la estación de autobuses y leyó por encima del hombre el periódico de un hombre en una mesa vecina. La televisión matutina daba un programa de concursos. Aún era muy temprano y el café se encontraba bastante vacío. Algunos trabajadores no llegaban aún. N. había identificado ya a los que acostumbraban llegar tarde y a los que se aparecían aún con los estragos de la noche de viernes.
Terminó el croissant y pidió que le limpiaran la mesa. El café seguía intacto, aún estaba muy caliente para el gusto de N. Sacó la computadora y después abrió el diccionario en una página al azar. Con el dedo seleccionó una palabra al azar, la elegida fue "laringitis". N. tenía que iniciar su cuento para la revista en la que trabajaba antes de la noche del domingo y trataría sobre la laringitis. Por más que pensara, todo lo llevaba a la navidad. La laringitis no parecía un tema del que pudiera sacar una buena historia, pero siempre había seguido este método y a sus lectores les encantaba su diversidad de temas. Dio un sorbo al café y dejó la vista perdida en el periódico. De repente, la historia de completó en su cabeza y encendió la computadora.
No abrió el procesador de textos hasta estar seguro de cómo iniciaría su cuento. Escribió la primera línea y antes de iniciar la segunda volvió a pensar en navidades e infecciones. Simplemente no podía avanzar. Reescribió la primera línea y comenzó a sudar. Su sudor olía a jengibre. Pensó en la noche pasada. Quería escribir sobre eso, pero tenía la impresión de haber vivido todo a través de un cristal húmedo. Volvió a la laringitis. No hubo éxito.
Después de una hora y media su mano izquierda comenzó a buscar el diccionario en la maleta. Su mano derecha descansaba sobre el teclado como si no se enterara de lo que ocurría. Volvió a fijar la mirada en la pantalla y tomó conciencia del diccionario en su mano. Lo sacó y buscó otra palabra al azar esperando que el resultado fuera diferente, pero sólo hubo un desfile de primeras oraciones acerca de "final", "valle", "sillón" y "hundir".
Había una anciana en la mesa contigua y N. entabló una conversación con ella y le comenzó a contar una de las historias que había pensado. Comenzó mejor que cuando intentaba escribirlas, pero cuando le llegaba el olor a jengibre sus palabras parecían confundirse y sus historias a perder sentido. Confesó a la señora que no sabía cómo continuarlas y volvió a sus pensamientos frente al monitor. Trató de no pensar en lo que parecía gritarse desde su interior, pero . N. fue aceptando paulatinamente que había perdido la capacidad para contar historias y creía entender por qué...
viernes, 1 de mayo de 2009
Mahimata
Mahimata es una historia vieja para los astrofísicos, sin embargo, no siempre fue así. La evidencia de que era un exoplaneta habitado era incontrovertible, sin embargo, los astrobiólogos aseguraban que estaba ya lejos de la ventana de contacto y que, por lo tanto, no habría nada que pudiéramos hacer para comunicarnos con ellos; después de varios intentos sin éxito, se había comprendido que llegaba un punto en las civilizaciones en las que su biósfera era sustituida por una tecnósfera o la devastación de los recursos naturales los hacía extinguirse. La primera expedición hacia el planeta les dio la razón.
El crucero estelar dispuesto a establecer contacto con los Mahimatianos era único en su tipo, pues podía aumentar su velocidad poco a poco, pero de manera sostenida hasta alcanzar, en un corto tiempo, para los estándares de la época, una aceleración asintótica a la de la luz. Además, se contaba con que, a pocos años luz de Mahimata, se encontraba un hoyo negro en el que, si el crucero podía ubicarse en el borde de gravedad, le ayudaría a regresar a la Tierra tan sólo siete años terrestres después de haber despegado.
Así, el crucero Rama viajó hasta las cercanías del sistema en el que se encontraba Mahimata. Lo que los sorprendió fue lo errados que se encontraban los satélites que monitoreaban esta parte del universo y lo similares que eran el Sistema Solar, y en el que giraba Mahimata. Al aproximarse al planeta, su asombro fue tal que muchos de los tripulantes estaban convencidos de haberse salido de la elíptica y no haber salido nunca de la Tierra. Los dos planetas eran idénticos vistos desde media unidad astronómica.
Sin embargo, los exploradores que el Rama envió para tomar mediciones más precisas de la actividad viviente y de las construcciones de sus civilizaciones mostraron las diferencias entre los dos planetas. Mahimata había sufrido un invierno nuclear en algún periodo de su historia, y después de eso, parecía que la vida había recobrado poco a poco todo el planeta; a las imponentes mega ciudades que poblaban la Tierra, Mahimata les oponía verdes bosques de árboles de alturas jamás vistas por la tripulación.
Pasaron los siete días que el protocolo de contacto exigía para determinar si un planeta albergaba vida, y no había ocurrido nada en la superficie que los alentara. Los sensores térmicos sólo eran alterados por las tormentas que azotaban la superficie. Fue cuando el capitán recordó que mientras estuvo en la Academia, escuchó al Jefe de la base decirles que si querían ser pioneros, debieron ser oceanógrafos, pues se sabía más del espacio exterior que del fondo del mar. Con esa idea en mente, decidió formar una pequeña expedición para descender al planeta.
La expedición tenía sistemas rudimentarios para realizar su trabajo. Utilizaron un improvisado submarino hecho de nanofibras y un radar sonoro y térmico para fortalecer las lecturas que el casco del submarino registraba. El capitán, ansioso por conocer los resultados, tenía siempre al alcance los monitores de las actividades de la expedición. El protocolo consideraba tres días de extensión en la investigación si se tenía sospecha de que el contacto podría realizarse. El capitán sólo tenía una corazonada, y le iba la carrera en ella, así que suspiró de alivio cuando, en el tercer día, la expedición dio un resultado que solucionaba muchas preguntas, que tuvieron veloces reemplazos, las ciudades eran inmensas fortalezas submarinas.
Sin el efecto aislante que el océano les brindaba a las ciudades submarinas de Mahimata, una segunda expedición pudo obtener lecturas térmicas de las actividades realizadas en su interior. El capitán decidió que las maniobras de contacto deberían iniciarse: se probó con todo. Desde señales luminosas a microondas. Incluso se simuló un ataque contra las fortalezas acuáticas que parecían no inmutarse. Los medidores de actividad seguían teniendo un curso normal: no era que no hubiera nadie en el planeta; era que nadie se preocupaba por el mundo exterior.
Después de terribles experiencias, el protocolo exigía la terminación de las acciones de contacto después de probarlas todas meticulosamente y de darle un tiempo de respuesta a las civilizaciones para responder. El tiempo pasó y la operación se convirtió en un fracaso para algunos miembros de la tripulación. Sin embargo, el capitán estaba dispuesto a sacar algo bueno de ella, y ordenó a sus hombres a realizar un reconocimiento visual de la superficie del planeta.
Uno de los pilotos de las naves de reconocimiento era famoso por sus interpretaciones místicas de los fenómenos que ocurrían durante el viaje, y decidió que en lugar de verificar toda el área que tenía encomendada, se basaría en los mapas de la Tierra para saber por dónde buscar. Pensaba que si había lugares naturales para establecerse en uno de los planetas, el otro debería emularlo en por lo menos un caso. Así, descubrió poco a poco, bajo los bosques y las selvas, emplazamientos donde en la Tierra estaban Tokio, Yokohama, Osaka, Kobe, Nagoya, Sapporo, en todas esas regiones había ruinas que la naturaleza había reclamado para ella.
Cuando compartió sus descubrimientos con el resto del escuadrón, rápidamente fueron identificados las mayores ciudades del planeta Tierra. Los ingenieros astronómicos trabajaron durante toda una semana frente al ordenador para descubrir lo que el sentido común le decía a toda la tripulación desde el regreso de las naves de reconocimiento: Mahimata era el futuro de la Tierra, después de la especie humana haya cerrado su ventana de contacto y dejara de observar a las señales más allá de la tecnósfera que la rodeaba ahora.
Por supuesto que el protocolo no decía nada acerca de esto. La curvatura del espacio-tiempo les había jugado una mala pasada y por eso se trató de minimizar el impacto científico de haber logrado viajar a un futuro y de regreso aunque sea de forma accidental y sin siquiera poder determinar cuántos años hacia adelante habían avanzado. El capitán recibió una medalla y los astrobiólogos, el beneficio de que un panel conformado por expertos pudiera detener cualquier expedición de la agencia.
viernes, 6 de febrero de 2009
Me mudé
lunes, 21 de enero de 2008
Pastel de durazno
Sin embargo, no se debe juzgar sólo el exterior de las cosas; el interior de los pasteles de aquellos tiempos era también desastroso. Los rellenos de los pasteles de mi memoria podrían competir en alguna feria de lo extraño, pues todos tenían por lo menos un sabor irreconocible, al que podemos llamar "el factor sorpresa" de todo pastel de fiesta. Desde mermeladas de "parece piña" hasta la astucia de un repostero que pensó que kiwis y uvas eran una combinación ganadora, sólo hay un relleno que recuerdo con agrado: el durazno.
Ayer partí mi pastel de cumpleaños y como tuve poco poder de decisión sobre la comida, elegí comprar pastel de tres leches de durazno. Estaba helado y riquísimo. Aún queda buena parte, creo que no sobrevivirá hoy.
Christian Pichardo
21 de enero de 2008
lunes, 17 de diciembre de 2007
Sacapuntas
sábado, 1 de diciembre de 2007
Síndrome de Otto
El resultado es una personalidad pusilánime bautizada por el famoso psicólogo Tertelich como individuo cochinilla: desconfiado y hecho bolita al menor contacto. Al saber que, aún siendo puntual, llegaré tarde a todos los sucesos de mi vida, mi ser de crustáceo isópodo terrestre ha buscado todo tipo de explicaciones y ha aceptado todas: el buddhismo dice que me apego a las cosas del cuerpo y del mundo de los hombres y por eso no disfruto el momento en el que llego a mi propia vida; el cristianismo, que todo se debe a mi falta de fe, esperanza y caridad; el new age, que quizá fui un caballo sin una muela en otra vida y llegar tarde es sólo un recuerdo de esa vida y la cienciología ha hecho mutis al respecto.
Sea cual sea la verdadera razón, lo cierto es que debo ver desde una nueva perspectiva: siempre llego a tiempo para estar tarde.
Christian Pichardo
lunes, 22 de octubre de 2007
El fin del mundo
Para no destruirse al mismo tiempo que el mundo, algunos recomiendan comprar tiempos compartidos en la luna o en Rhea o en algún planeta recién descubierto y entonces lanzar un dardo preciso al mundo para acelerar el final sin llenarse de polvo ni ensuciarse los zapatos. Puede que sea una salida correcta, pero me parece cobarde y peligrosa. Poner un pie en un nuevo mundo a veces es encender el botón de su destrucción.
Yo soy de la opinión de que si ese mundo fue construido en parte por uno, debe ser evacuado para no tener damnificados. Sin embargo, nunca he respondido por los que decidan quedarse en el barco. A veces, incluso, los expulso del mundo antes de que se convierta en un puntito insignificante y por eso me llaman fascista y cosas peores. Pero al poner sus piecitos en tierra firme, deciden que quizá no estuvo tan mal. Nunca lo sé, no recibo postales de gratitud muy seguido.
Cuando los mundos se derrumban, los astrónomos pueden salir a sacar medidas de todo lo queda. Meten grano a grano al universito destruido en un dedal especial y entonces lo pesan. Lo médicos multiplican por tres la medida obtenida y la recetan en unidades de llanto. Se toman antes de dormir y después de cada comida. Si se abusa del remedio, puede haber complicaciones como escuchar la misma canción por días enteros o consumir helado en cantidades industriales.
Si se presentan complicaciones lo peor es ir a una agencia de viajes. Viajar a otro mundo es muy peligroso: la melancolía por el hogar prohibido puede ser fatal y causar fallas cardiacas. Algo que tampoco se recomienda es contratar decoradores de interiores para reproducir nuestra casa derrumbada. Las habitaciones solitarias pueden albergar plagas e incluso fantasmas.
¿Qué hacer entonces? Nadie lo sabe, pero lo que más ha ayudado es hacer cantos patrios hasta olvidar que en nuestro mundo destruido había incompletitud y relatividad y hambre y guerra y peste y muerte. Pensar que florecían los girasoles y los hipopótamos soñaban con saltar es lo único sano que nos queda por hacer...
Christian Pichardo
miércoles, 12 de septiembre de 2007
Afluente
Suena como relato de aventuras victoriano, ¿no? La verdad es que eso ocurrió el día de ayer después de la escuela. Carlos y yo le dimos un aventón a Odette y después tomamos San Antonio para subir al segundo piso. Apenas cruzamos el semáforo nos dimos cuenta de que no había retorno. El deprimido que cruza periférico estaba tan inundado que apenas si sobresalía una parte de una pipa de gas que se quiso hacer la valiente y sólo logró quedarse ahí varada. Apagué el coche y empezamos a platicar de cualquier cosa para matar el tiempo. El taxista de junto aprovechó para cambiar una llanta que se le había picado. Un camión de boing estaba enfrente de mí y no me permitía ver lo que se estaba gestando en las retorcidas mentes de unos taxistas.
Decidieron que la mejor estategia para salir era llegar al encharcamiento y dar la vuelta en "U" formando una fila india. Dado que todos lo hacían y que los qu eno lo hiciéramos estaríamos estorbando este intento de salida, acepté la propuesta y avancé poco a poco. Carlos me dijo que no le parecía buena idea y me dejó pensando un poco. Me bajé del auto y fui a ver que iba a hacer el conductor detrás de mí. Era una mujer que me adviritó que del otro lado también estaba cerrado y que la única forma de escapar era esperar.
Saqué la compu para jugar un poco con Carlos. Estábamos escogiendo equipos en el FIFA 07 cuando se acabó la batería y no nos quedó más que empezar a enloquecer. Estoy seguro que por su mente pasaron ideas dictatoriales y caníbales que lo convertirían en el tirano del embotellamiento. Sin embargo, no les hizo caso y mejor nos asomamos a ver que noticias nuevas de daban. Entre la inundación y nosotros sólo quedaba el camión de boing y fue en ese entonces cuando, después de hora y media lograron desazolvar la salida a la lateral de periférico que nos ayudó a encontrar una ruta alterna para llegar a nuestras casas.
La moraleja de toda esta historia es: "No dar aventones".
lunes, 11 de junio de 2007
El arte del leñazo
Christian Pichardo
11 de junio de 2007
martes, 29 de mayo de 2007
Descubrimiento Absurdo
Christian Pichardo
viernes, 11 de mayo de 2007
La gota azul
Sayra'an tiene un cultivo nuevo. Tiene apenas cuatro noches y se ha divertido mucho con él. En cada noche, mientras se interrumpe la actividad, coloca las más recientes creaturas de Arzima'an en una esferita azul del cultivo. Comenzó con las micromáquinas catalizadoras y los degradadores de biomateria, que parecen transportes autónomos. Cuando descubrió que la esfera estaba completamente fría y las bestiecitas se unían en colonias le agregó la muerte al sistema para que no colapsara por saturación. Sin embargo, cada noche, sigue agregando creaturas para diversificar el experimento.
Durante la noche pasada agregó pequeños arteguizos obtenid.os de la recombinación de fósiles para entender un poco el pasado de nuestro planeta. Todos en el Kar-aljamar estamos muy preocupados. Los arteguizos han sido hostiles todo el día. Creemos que nuestros antepasados se destruyeron unos a otros y eso no nos brinda ninguna respuesta. Si ellos desaparacieron, de dónde venimos y qué pasará mañana cuando Sayra'an modifique su mundo.
Christian Pichardo
miércoles, 6 de diciembre de 2006
Koyaanisqatsi, una vida que clama por otra manera de vivir
¿Has nacido tú el primero de los hombres?
¿Se te dio luz antes que a las colinas?
¿Escuchas acaso los secretos de Dios?
¿Acaparas la sabiduría?
Job 15,7-8
En nuestro mundo lo "original" es la proliferación de lo estandarizado.
Godfrey Reggio
Se cuenta en Occidente que el hombre nació de Adama (“Tierra”) y que, por eso, se llamó a sí mismo “Adán”, reconociendo su origen. En algunos mitos hebreos, se menciona que Dios mandó a sus ángeles al ombligo del mundo y a los cuatro puntos cardinales a recoger el polvo para crear al hombre. Sin embargo, la Tierra se negó, porque sabía que por culpa del hombre sería maldita. Fue el momento en el que Dios decidió extender su mano para tomar Él mismo los elementos para crear a Adán. Terminada la creación de Adán, todos los seres vivientes se acercaron a él, con temor, confundiéndolo con su creador. El hombre los nombró a todos compitiendo con el mismo Lucifer y así logró tener el mandato sobre todas las criaturas.
Claro que esta historia no fue contada por un caballo o una cochinilla y, por supuesto, no termina ahí. La serpiente, un animalito tan curioso, lo hizo dudar y Adán sucumbió. Dios redujo su tamaño más de mil veces. El hombre olvidó su nombre y con él su origen, se nombró “ser político” y después “ser racional” y “homo sapiens sapiens”. Cambió a la Tierra por la sociedad humana y, a continuación, por su razón. Construyó máquinas fantásticas y manuales de buenas costumbres. Diseñó tenedores para ensalada y resorte para calzoncillos. Inventó los fuegos artificiales y las armas y con este nuevo cuerpo que se construyó para remplazar el que Dios le había reducido, se convirtió en siervo de la muerte y destruyó todo lo a que su nuevo “origen”, la razón, le resultara ajeno y extraño.
La ilusión se apoderó de él, y en sus ojos y oídos se derramó brea. Acabó con muchas de las criaturas a las que había nombrado y convenció a los pocos hijos de la Tierra que quedaban de ser unos primitivos. Los hizo vivir en la razón y los condenó a la miseria y al hambre cuando los alejó de su modo de vivir. Inventó el derecho, la propiedad y los juzgados y entronó a sus más interesantes elementos como gobernantes y estrellas de cine. Inventó el dinero y vendió su alma. El hombre (y la mujer, para las orgullosas feministas) se convirtió en su propio admirador. Creó el concreto, el acero y los multifamiliares, remplazó las praderas por campos de futbol y los lagos por albercas con calefactor (e instructor de natación). Construyó su mundo, a imagen y semejanza, y como vio que era racional, lo bendijo y dijo: sean el hambre, la peste, la guerra y la muerte, y como vio que eran racionales, las bendijo y les dijo, sean fecundas y multiplíquense.
En este simulacro de mundo en el que vivimos, ¿acaso la naturaleza ha dejado de existir? ¿Es el turismo nuestro único modo de acercarnos al origen? ¿Vamos por buen camino? ¿Las ciencias nos llevarán infaliblemente al progreso y al bienestar? ¿Hay todavía un regreso? La naturaleza es el camino, la ciencia nos ha demostrado una y otra vez que sus caminos están incompletos y que es en el mundo natural donde ocurre todo sin un guión preestablecido, donde el azar y el movimiento reinan y la multiplicación de la vida ocurre. La naturaleza no es fordiana, no hay dos pétalos iguales como en el simulacro humano en el que las cosas más “alternativas” están hechas para millones de personas. Hay quienes creen que este mundo, cuya superficie está conformada en 75% por agua, fue hecho para el hombre, que carece de branquias. ¿Por qué seguimos pensando que somos la culminación de la creación?
Koyaanisqatsi es una palabra de la lengua hopi, y puede significar vida loca, vida en tumulto, vida en desintegración, vida desequilibrada, o simplemente una vida que clama por otra manera de vivir. Todas estas acepciones parecen la descripción de la vida moderna. El ritmo desenfrenado de nuestras sociedades, las multitudes carentes de convivencia, la desintegración de las familias y la polarización de las sociedades junto al desequilibrio ambiental que nuestras acciones irresponsables causan nos han llevado a un punto critico, el último retorno en el camino de la destrucción humana, o, como el pueblo hopi le llama, la depuración de la vida en la Tierra.
Los indios hopis, que acuñaron el término Koyaanisqatsi, han profetizado dos eventos, después de los cuales habría tiempo para corregir el rumbo y volver a las leyes de la Tierra, las dos últimas señales. El primero de ellos sería el hambre en los pueblos que el hombre considera primitivos, a los que obligó a alejarse de la naturaleza para “progresar”; el segundo, sería el agujero en la capa de ozono y las inundaciones. Este es el punto crítico, si no reconvenimos, no habría retorno, sólo la gradual desaparición de los recursos, y la guerra por los restantes, que causaría el fin de la humanidad. ¿Por qué valorar una profecía? Porque representa los temores de un pueblo ajeno al simulacro de mundo occidental, del “american way of life”, porque representa las voces de todos aquellos que no viven en ese mundo artificial, y que no quieren ver como la destrucción del mundo los alcanza.
Hemos dado la espalda a la naturaleza, rompiendo el débil equilibrio entre todos los sistemas interconectados en ella. La vida en la Tierra es un milagro y, hasta donde sabemos, es irrepetible. Se conocen cientos de sistemas estelares y ninguno tiene un planeta que reúna las características para alojar al ser humano o a la cucaracha. ¿Acaso la máquina de vapor nos ha hecho más felices o la Revolución Verde ha desaparecido el hambre del mundo? Cada reemplazo de tecnología obsoleta, en esta vida loca, supone el deshecho de toneladas de basura. El monstruo hambriento de millones de bocas se acaba, bocado a bocado, a la Tierra. La humanidad mata a de hambre a sus nietos para alimentar a sus hijos.
La distancia entre el monstruo humano y los lugares de producción de sus provisiones es uno de los mayores causantes del mito de la abundancia, y también de la idea de progreso. El que come carne hoy, probablemente sólo haya visto una vaca mientras conduce por una autopista; el que utiliza el televisor y el radio al mismo tiempo o no desconecta sus aparatos al salir de casa, no conoce el verdadero costo de producir la electricidad. El que limpia su coche a manguerazos seguramente no conoce a las mujeres del Cutzamala que vieron como su río era entubado para satisfacer al monstruo convertido en metrópoli.
La vida en la ciudad moderna, cuando es exaltada, recibe el trato de una jaula de oro. Aparece ante los ojos de sus defensores como una vida hermosa, fuera de la cuál no hay nada que ver; una extraordinaria existencia llena de comodidades, libertad y anonimato, incluyente y permisiva a la vez. Donde podemos construir nuestras identidades, amar intensamente y disfrutar el arte globalizado. Suena hermoso, pero una jaula, es una jaula. Y los barrotes de ésta son cadenas de montaje: líneas de producción de originalidad, de libertad y de amor. La ciudad moderna, y su máxima expresión, la ciudad global, es la principal productora de recetas de todo tipo. Existen recetas para caminar, para degustar la comida, para vestir, para bailar, para parecer anómico, para aparentar que no se sigue ninguna receta, en fin, la vida moderna nos proporciona recetas hasta para amar. Estas recetas se producen al por mayor, así, no es difícil encontrarnos en la calle con personas cuya máxima originalidad consiste en parecerse sólo a cinco mil personas. ¿Escapar? Claro que no, porque una vida así es una jaula, y escapar aparenta ser la muerte. Amar al simulacro es no querer destruirlo.
Cuando permanecer en el simulacro de la razón acelerando la destrucción del medio ambiente, y abandonarlo para tratar de revertir los efectos de nuestra irresponsabilidad son las opciones entre las que debemos elegir, la decisión se hace más sencilla. Sin embargo, para tomar esta decisión requerimos aceptar que es una medida urgente y que cada día que pasa es un día que dejamos que el problema se acentúe y que nos acercamos al punto de no retorno. La tecnología debe de servir para corregir sus errores, la política para aceptar sus limitaciones y la sociedad para movilizarse en un esfuerzo sin precedentes contra nuestra autodestrucción.
Nadie propone abandonar la tecnología. El problema no está en que usamos la tecnología, sino en que vivimos la tecnología. La tecnología se ha vuelto poco a poco el aire que respiramos, la pradera en la que corremos, el amor en el que amamos, la comida que nos alimenta, el arte que nos inspira, la información que nos confunde y el sentido de toda nuestra vida. Ya no vivimos la naturaleza, ni siquiera vivimos en la naturaleza, vivimos sobre ella, fuera de ella, negándola a cada segundo, incluso, muchos de nosotros seríamos incapaces de sobrevivir en la naturaleza una temporada, jamás desocultaríamos el secreto de la vida que se esconde en ella.
Lo que propongo es lo siguiente:
Una campaña urgente de concienciación, utilizando las tecnologías de información, sobre el apremio de enfrentar con gran brío la que podría ser la última lucha de la humanidad: Cada vez es más sencillo hacer que una idea circule por todo el mundo por Internet y que se alimente con las opiniones de personas que enfrentan retos locales y que tienen por ello una perspectiva distinta.
El acercamiento de la sociedad a los medios de producción y la descentralización de los medios urbanos: Conocer el proceso de producción de nuestras provisiones y estar relacionado directamente con él nos sensibilizará contra su desperdicio. El que ha engordado a la vaca, no desperdiciará una parte de ella por considerarla inútil.
El rechazo a las líneas de producción, que deberá estar unido al desarrollo de herramientas adecuadas para que el hombre explote su creatividad en los procesos productivos con los que estará más relacionado: La ley de la tierra es la multiplicación de la diferencia; la ley de la producción humana deberá tomarla como ejemplo.
El establecimiento de redes de acción que compartan experiencias y denuncias sobre problemas locales y se fortalezcan para presionar a los gobiernos que no se solidaricen con la supervivencia de la humanidad: Muchos movimientos sociales han triunfado porque se han visto respaldados por la fraternidad y la acción de grupos e individuos afines alrededor del mundo.
Escuchar las opiniones de los pueblos “primitivos”, sin sentir por ellos el afecto por el buen salvaje ni el deseo de regresar a Adán. No más vitrinas para que los pueblos de la Tierra sean atracciones turísticas: El mito y la profecía son símbolos de pensamientos reales, de una verdadera crítica y deben ser valorados en su justa medida.
El despertar de la conciencia planetaria: Compartimos este mundo con millones de especies que merecen ser valoradas no por su utilidad para el hombre sino por su inconmensurable valor para el equilibrio ambiental.
El despertar de la conciencia social: Si el hombre se ha llamado en el pasado “ser político” es momento de demostrarlo, toda desigualdad social fomenta el aprovechamiento absurdo de los recursos naturales y el consumismo. Brasil, México y China han degradado su ambiente a la par que han hecho más profundas sus desigualdades económicas. Los habitantes de las regiones pobres, con alta biodiversidad, venden los productos estimados en el mundo por su rareza (aves exóticas, pieles de felinos, etc.) y los habitantes de clases medias y altas se entregan a un frenesí de occidentalización, adquiriendo todos los productos del “american way of life”.
El despertar de la conciencia individual. El hombre, que puede llenar el cuerpo que la tecnología nos ha aumentado con un “alma” sabia, podrá utilizarla para bien de la vida.
El desarrollo de tecnologías útiles para el hombre, que remplacen los combustibles fósiles y aprovechen las fuentes renovables de energía. El cese de toda prueba nuclear es imperativo.
Si no cambiamos el rumbo de la humanidad, si por egoístas o cobardes pensamos que nada puede ser cambiado, que nuestras pequeñas acciones no pueden hacer una gran diferencia, entonces todos perdemos mucho más de lo que imaginamos. Puede que parezca una utopía salvarnos del desequilibrio ambiental siguiendo estos consejos, pero me parece más ingenuo pretender sobrevivir en este ritmo de vida, que clama a oídos sordos por una nueva manera de vivir.
Christian Pichardo
miércoles, 20 de septiembre de 2006
La danza de las cochinillas y mariquitas
Christian Pichardo
martes, 19 de septiembre de 2006
Agendas
Christian Pichardo
martes, 12 de septiembre de 2006
La actualidad de la especie
Christian Pichardo
12 de septiembre de 2006
jueves, 3 de agosto de 2006
Serendipity
Christian Pichardo
San Luis Potosí, 3 de agosto de 2006
viernes, 5 de mayo de 2006
Soledad
Christian Pichardo
jueves, 20 de enero de 2005
Cumpleaños
Christian Pichardo
